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Ultraviolet, un color complejo

Como cada año el Pantone Color Institute ha seleccionado el color para el año que se acerca, el 2018 será Ultra Violet. Un tono violeta dramáticamente provocativo y pensativo, un tono que comunica originalidad, ingenio y pensamiento visionario que señala hacia el futuro.

Con sus siempre curiosas palabras para definir el color  hablan del Ultra Violet como "Complejo y contemplativo, sugiere los misterios del cosmos, la intriga de lo que viene y los descubrimientos más allá de donde estamos ahora. El vasto e ilimitado cielo nocturno es un símbolo de lo que es posible y continúa inspirando el deseo de seguir un mundo más allá del nuestro. Hemos tenido tiempo para reflexionar. Es hora de avanzar."

A mí es un color que me gusta, mucho, evoca la calma de un campo de lavanda y de su mano la fragancia que adormece sin brusquedad; la magia de un misterio que se mueve con agilidad felina entre el bien y el mal, sin querer ser nada de ambas; la voz de Prince, y su púrpura obsceno y liberador; la lucha feminista como evolución de un rosa que nos impusieron teñida de nuestra propia sangre...

Brujería, misterio, rebeldía, misticismo, lujo decadente y provocador, ambigüedad, provocación, cambio, camino, fuerza...quizás un color más que apropiado para encarar un año difícil, un año en el que la realidad que conocimos se tambalea sin que seamos capaces de abrirnos al cambio aún aferrados a los despojos de lo que perdimos.


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Contra el silencio



Este año la prestigiosa revista americana Time ha elegido como Persona del año, al grupo de mujeres que ha levantado su voz para denunciar el acoso sexual en el trabajo y puesto en marcha la campaña mundial conocida como #MeToo o en castellano #YoTambién, a la que se han sumado mujeres desde todos los rincones del mundo y de mundos tan lejanos al glamour del cine, como las empresas, las tiendas, los talleres, la universidad...

Las agrupa bajo el lema "las que rompen el silencio", y quizás, quizás sea un indicio de que algo se ha roto definitivamente en el sistema patriarcal en el que vivimos. Un sistema en el que se asume como normal que los hombres abusen de las mujeres, un sistema que provoca que sean ellas las que se sienten avergonzadas, un sistema en el que la denuncia penal de un hecho violento y asqueroso sea casi imposible, un sistema en el que la igualdad no consigue pasar de ser una verdad muerta sobre un papel.

Podemos votar, podemos ser electas, podemos abrir una cuenta, podemos divorciarnos, podemos estudiar una carrera, testar y heredar, pero sin olvidar que ellos, los hombres pueden mirarnos desde su lascivia, pueden gritarnos las barbaridades que se les pase por la cabeza, pueden asustarnos en el metro, en un garaje, en una calle desierta, y si no se pueden resistir, forzarnos hasta alcanzar su satisfacción convencidos de que condenarlos por ello será un calvario al que muchas van a renunciar. Sin olvidar que hijos, hijas y personas dependientes serán siempre responsabilidad nuestra, sin protestar por la doble y triple jornada, asumiendo que nuestros salarios serán inferiores en un 30% al de nuestros compañeros, comprendiendo que no es posible quebrar la brecha en los ámbitos de dirección, sabiendo que si alguien sobra eres tú, sin ignorar que todo el trabajo de cuidados se mantiene fuera del sistema mercantil porque supondría una revolución que el capital no está dispuesto a tolerar.

Podemos hacer mucho más de lo que otras pudieron, y porque fueron somos, pero no podemos parar, ahora más que nunca, hemos de seguir empujando para que el machismo caiga. Basta de silencio.
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Taxi!!!

Me gustan los taxis, nunca he disfrutado especialmente conduciendo por la ciudad, aborrezco la idea de dar vueltas y vueltas para aparcar y aún más dejar el coche tan lejos que casi me hubiese salido a cuenta ir andando. 

Me gustan, siempre están ahí, dispuestos a llevarte al centro, a cenar, a salvarte de un retraso y sobre todo a recogerte para volver a casa, ya sea cargada de bolsas, de cansancio o de sueño. Aparecen en las calles oscuras con su lucecita verde como promesa de que hoy llegarás bien, recuerdo cuántas veces he pedido que esperasen a verme dentro del portal, cuántas han conseguido entretenerme con una charla amable, cuántas he repasado la noche en la penumbra segura de su silenciosa carrera, e incluso aquella vez en que al más puro estilo Almodovar me sirvió de paño de lágrimas y refugio.

No son baratos, a veces (demasiadas) llevan una música horrorosa o desde sus radios vomitan los más retrógrados “periodistas”, algunos te ven cara de turista y te colocan una visita circular antes de llegar a destino, pero a pesar de los tópicos yo los he visto ayudar con una sonrisa al anciano con dificultades, acercar a casa al adolescente perdido sin asegurarse primero de que llevase dinero, ofrecerse a indicarte una dirección colocándose delante y volver a dar una vuelta si algo les ha parecido raro, dispuestos a llamar a dónde fuera preciso para pedir ayuda.

Ahora están de huelgas, conflictos y manifestaciones, no termina de quedarme claro si tienen toda la razón o solo parte de ella, pero me gusta esa placa pequeña que lucen al lado de las matrículas SP: servicio público, un servicio regulado para ofrecer movilidad a quien la precisa.


Quizás los conductores y conductoras de Uber también tengan razones, quizás los monopolios no favorezcan la competencia, pero me cuesta sentirme más cerca de quienes pelean por un trabajo en condiciones tan precarias como los repartidos de Glovo cuyas mochilas a la espalda me recuerdan a los fardos que cargaban los porteadores por un salario de miseria. Por muy moderno que suene, estas nuevas formas de negocio me suenan a explotación con móvil.
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Un destino peor que la muerte

Hola
Cuando era niña devoraba cualquier letra impresa que estuviese a mi alcance, desde las revistas de mi abuela, fan fanática de aquel Hola de princesas elegantes y distantes, mansiones fabulosas y recetas de cocina que requerían al menos dos legiones de ayudantes de cocina (en los primeros tiempos de la minipimer) hasta las novelitas de Marcial Lafuente Estefanía que mi abuelo cambiaba en el estanco y que se guardan (quizá ocultaban en el armario de la entrada bajo los abrigos de aquellos inviernos sin frío de la Málaga de mi niñez), por supuesto tenía cuentos apropiados para mi edad, es decir cuentos de hadas y princesas lánguidas, fábulas de Esopo y poco a poco una importante colección de clásicos adaptados que combinaba con las Aventuras de los cinco o las historias de Torres de Malory (de Enid Blyton me viene la obsesión por la cerveza de jengibre), pero todo se me hacía poco y al no contar entre mis posibilidades una biblioteca pública, empecé a lanzarme sobre las novelas de mi madre, aficionada a las historias de médicos de Fran Slaughter y más tarde alcancé la completa colección de las obras de Zane Grey, encuadernada en piel verde y con hojas de biblia que se me antojó un filón interminable.

La casa de la pradera
Así recorrí el Oeste americano en compañía de pioneros, exploradores, militares, familias al estilo de Laura Ingalls y aprendí muchas cosas sobre los caballos, los revólveres, la ley del más rápido, lo inferiores que eran los mejicanos, siempre sumisos y taimados,  los crueles que eran los indios siempre prestos al pillaje y el alcoholismo, del todo inmerecedores de un lugar tan magnífico, pero no comprendía muy bien algunas cosas y el diccionario o la enciclopedia, lugar al que sin lugar a dudas me mandaban si osaba preguntar ¿qué significa...? no tenía una entrada para lo que les pasaba a algunas jóvenes que eran secuestradas por los malhechores o en el aún peor de los casos por los indios, porque cuando los héroes emprendían su búsqueda lo hacían espoleados por que no se cerniera sobre ellas un destino peor que la muerte.

Zane Grey
Qué era peor que la muerte no lo descubriría hasta muchos años después, y lo que es peor, cuando supe que refería a una violación aún necesité tiempo para comprender que hay que ser muy ... (ponga aquí cada quien lo que prefiera) para preferir a una mujer muerta que mancillada en su honor.

Supongo que quienes siguen juzgando a las mujeres por el largo de su falda, las horas a las que sale, los bares a lo que entra e incluso no tienen reparo ni vergüenza en monitorizar y juzgar su capacidad de seguir viviendo, hubiesen comprendido muy bien a este enamorado del Oeste que nunca le dió una frase con sentido a una mujer en sus novelas.

Menos mal que no dejé de leer y pude encontrar otros referentes, otras mujeres que enfrentaban la vida como protagonistas, aunque muchas veces el entorno no les fuese favorable, mujeres que escribian historias distintas, personajes y referentes que mostraban la complejidad de ser la otra mitad de la humanidad, la mitad que cuida, la mitad que vive en lo privado, la mitad que a pesar de tanto, lucha y sigue luchando y de la que me siento en ocasiones tan orgullosa. Sólo hay un destino peor que la muerte, besar la correa que te mantiene postrada.
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Palabras de mujer

Os dejo un par de párrafos que se colaron en mi cabeza y quisiera compartir, no son míos sino de Marta Mendez publicados en el blog  Mujeres en lucha

Deconstruirse siendo mujer significa olvidar el papel secundario que tenemos en este sistema patriarcal para aprender que somos capaces de lograr lo mismo que cualquier otro ser humano, aunque se hayan encargado en hacernos creer que el éxito tiene nombre masculino. Significa deshacerse de la creencia de que las mujeres somos envidiosas, rencorosas y competitivas entre nosotras, para poder aprender que las mujeres unidas podemos ser maravillosas, grandes compañeras y amigas. Y que la solidaridad entre nosotras puede llegar a forjar lazos indestructibles. Consiste en dejar de callar y asentir a los hombres (porque así nos lo han enseñado), para empoderarnos y alzar nuestra voz. Significa dejar de lado el tener que satisfacer a los hombres para aprender que no les debemos nada y que si queremos decir NO, lo podemos hacer sin sentirnos culpables. Deconstruirse es saber que todas las veces que no hemos cumplido con lo que se supone “ser mujer”, era un éxito y no un fracaso. Deconstruirse es empezar a liberarse de la carga que supone “ser mujer” en nuestra sociedad.

Deconstruirse siendo hombre significa entender que lo que considerabas que te pertenecía o merecías era, a veces, propiciado por los privilegios que te otorga el patriarcado. Significa que al levantar el pie del suelo puedes encontrarte con que has pisado alguien, y que ni siquiera te has dado cuenta, porque es alguien a quien le han enseñado a no quejarse por ello. Significa alzar la voz para que otro hombre deje de enorgullecerse de sus genitales. Significa bajar la voz y comenzar a escuchar mujeres que explican ideas brillantes.

El proceso de la deconstrucción es el producto de incomodarnos para luego sanarnos por dentro.

Para que nunca dejemos de deconstruirnos.


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